Carta de Héctor y Antonio Cerezo Contreras Atlacholoaya, Morelos

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A las organizaciones sociales, organismos de defensa de los derechos humanos, colectivos estudiantiles y personas solidarias.

Reciban un fraternal y combativo saludo y un abrazo solidario desde nuestra trinchera de lucha: la prisión de Atlacholoaya, Morelos.
Como ustedes saben, son ya seis años nueve meses desde aquel 13 de agosto cuando, sin orden de aprehensión, fuimos detenidos, torturados y, cuatro días después, conducidos al Penal Federal de Máxima Seguridad, en ese entonces llamado “La Palma”. El cual, por cierto, es un monumento viviente a la violación a los derechos humanos de los presos y de las personas que los visitan.

Son casi siete años de padecer una injusta e ilegal reclusión, pero también de una lucha personal y colectiva por recuperar nuestra libertad y la libertad de TODAS Y TODOS los presos políticos y de conciencia del país. Una lucha contra las violaciones a los derechos humanos en general, respaldada por una concepción crítica del mundo, la cual pugna por transformar las relaciones de explotación, opresión y discriminación -que aquejan a la sociedad mexicana- por relaciones de solidaridad, igualdad y libertad.

Casi siete años han transcurrido, tiempo durante el cual hemos sufrido de diferentes traslados a centros federales, en los cuales hemos sido sometidos a diferentes formas de tortura física y psicológica con el objetivo de destruir nuestra dignidad, nuestra rebeldía, nuestros principios e ideales, así como la solidaridad, cariño y apoyo de quienes valiente y noblemente han hecho suya la lucha por nuestra libertad.

Y si hemos logrado resistir con dignidad el presidio ha sido por esa solidaridad y por el ejemplo de los hombres y las mujeres que han forjado con su praxis la historia de nuestro país. No hemos realizado nada que nuestro pueblo no haya hecho. En nuestra memoria viven los que resistieron ante la conquista y el coloniaje español, los que lucharon por nuestra independencia y contra la reacción nacional y extranjera, los revolucionarios magonistas, zapatistas, villistas y jaramillistas y los miles de jóvenes que en los 60s y 70s dieron lo mejor de sí mismos, incluso sus propias vidas, para ver un México más humano, los que forjaron el movimiento obrero independiente, los que fundaron las colonias populares, los que desde el magisterio y fuera de él crean conciencia, los estudiantes en huelga, los altermundistas, los zapatistas, los de Atenco, los del noble y guerrero pueblo de Oaxaca.

Cómo no recordar y emular la actitud digna y valiente de muchos de los presos políticos en la terrible cárcel de San Juan de Ulúa, en la cárcel de Belén, en las Islas Marías, en Lecumberri, en el campo militar no. 1 y en los cientos de centros clandestinos de tortura y muerte que mantiene en pie el gobierno federal. Cómo olvidar a esos hombres y mujeres que nos han enseñado que la cárcel también es una trinchera de lucha, un salón de clases, un taller de arte, una pequeña calle donde levantar el puño en señal de protesta, un espacio de análisis y estudio, una fuente de palabras escritas y gritos entre signos de admiración, un espacio para resistir, para cumplir con nuestro deber.

Ellos son los que nos han enseñado a no perder la esperanza, a no renunciar a la sonrisa, al amor a la vida y a la lucha. Nos enseñaron a ser consecuentes con nuestros principios, a hacer colectividad donde quiera que nos encontremos más de dos, a levantarnos cada vez que la soledad nos derriba, a seguir construyendo y construyéndonos cada día sin importar que nos rodee un medio social, egoista individualista, abusivo e indiferente al sufrimiento humano. Nos enseñaron que a pesar de los dolores y sinsabores propios de la reclusión, como el abandono de la pareja o de la familia o de la organización social a la que se pertenece; la carencia económica o la frustración personal de ver truncado un determinado proyecto de vida, es nuestro deber, nuestro compromiso no rendirnos ante las adversidades y no olvidar nunca el por qué y por quiénes resistimos.

La lucha es una carrera de constancia y resistencia, de toda la vida, de entrega total, en la que no se debe esperar reconocimiento o gratificación alguna, sólo la satisfacción de haber cumplido con lo que el momento histórico nos exige.

Ahora bien, la existencia de presos políticos y de conciencia no sólo es una tragedia para los mismos presos, para sus familias y amigos; políticamente es una manera de tratar de desarticular, castigar y aterrorizar a los movimientos sociales que se oponen a una determinada política de Estado .

La criminación de la lucha social mediante reformas judiciales que legalizan la violación de los derechos humanos, así como la tortura, las vejaciones sexuales, los homicidios y las desapariciones forzadas son parte de una guerra de baja intensidad contra el pueblo y sus organizaciones. Paralizar, silenciar, desorganizar y destruir la conciencia crítica es uno de los objetivos de la derecha en el poder para conseguir profundizar el neoliberalismo en el país. Por ello, actualmente, la lucha por la defensa del petróleo y por hacer de esta una industria al servicio de las necesidades del pueblo es de vital importancia para el conjunto de las expresiones de izquierda del país. Lucha tan vital e importante como la exigencia del fin de la represión, de la libertad de TODAS Y TODOS los luchadores sociales y de la presentación con vida de los desaparecidos.

Por último, quisiéramos hacerles una atenta invitación a asistir a la presentación en teatro de nuestros testimonios, a visitar la página de internet del Comité Cerezo, a leer la revista Revuelta y a ver el documental Seguir siendo. De antemano agradecemos su tiempo, su solidaridad y su lucha y hacemos extensivo este agradecimiento a todas y todos los que hacen posible la presentación de nuestros testimonios y a quienes nos otorgaron un espacio para este fin.

Fraternalmente: Hector y Antonio Cerezo Contreras
¡Presos hoy: libres siempre!
¡Por qué los presos políticos y de conciencia son de todos!
¡Presentación de los desaparecidos de ayer y hoy!

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