Cinco años apostando por la educación popular

, por  Comité Cerezo México , popularidad : 1%

El contexto de criminalización y ataque en contra de los defensores de derechos humanos o luchadores sociales por el que atravesamos actualmente nos muestra que no basta con personas que sean capaces de repetir y conocer un tema: necesitamos organizadores, necesitamos educadores populares.

Este mes de diciembre de 2014 se cumplen cinco años de que egresó la primera generación de talleristas de la Escuela de Educadores Populares del Comité Cerezo México. Detrás de esos cinco años existe un proceso que ha implicado un esfuerzo enorme y que ha sido construido y sostenido por la solidaridad que nunca ha faltado a nuestra organización, pero fundamentalmente por el compromiso de muchas personas que han decidido hacer del acompañamiento al pueblo en su lucha por una vida digna parte del proyecto de sus vidas.

La Escuela de Educadores Populares es un proyecto del Comité Cerezo México que se realiza una vez al año (en el periodo que va de septiembre a diciembre) y en el que 15 personas son aceptadas para iniciar un proceso de educación popular que se compone de varias etapas. Durante los primeros cuatro meses de formación adquirirán los conocimientos, en materia de derechos humanos, para impartir, bajo algunos de los principios de la educación popular, los talleres que el Comité Cerezo ofrece de manera gratuita para las organizaciones y grupos del pueblo organizado.

Luego de ello, participarán durante un año en el área de educación para adquirir experiencia en la impartición de los mismos y para comenzar un largo proceso de reflexión con respecto a la metodología de la educación popular y la apuesta organizativa por la defensa de la vida digna, la memoria, la verdad y la justicia. A la fecha, 49 personas se han formado en este proyecto.

Este proyecto tiene una historia estrechamente vinculada con la historia misma de nuestra organización, en tanto que es resultado de las diferentes etapas que hemos atravesado y el largo camino que, junto con muchas otras personas y organizaciones, hemos recorrrido. Aún más es el resultado de los 13 años de aprendizaje que hemos vivido hasta ahora.

La organización que conformamos para hacer frente a la injusta detención, tortura y encarcelamiento de Alejandro, Héctor y Antonio Cerezo y Pablo Alvarado se enfrentó en un inicio no sólo a estos graves hechos, sino a una campaña de aislamiento y estigmatización por parte del Estado, a eso se sumaron las amenazas y hostigamientos por la denuncia de la injusticia del caso y de las condicones violatorias a los derechos humanos en las que mantenían a los presos.

Esto nos enfrentó a la necesidad y reto de buscar las herramientas que nos pudieran ayudar a hacer frente a la realidad que estábamos viviendo, se trataba no sólo de aprender todo lo que fuera posible, sino de incorporarlo con el objetivo de garantizar las condiciones mínimas para seguir luchando por la justicia.

En esa búsqueda fue que nos encontramos con la experiencia de muchos otros pueblos que, en su lucha contra la opresión habían hecho propia la herramienta de los derechos humanos y la había –y aún la siguen- utilizando en su búsqeda por la vida digna. Entonces aprendimos la importancia de la documentación en un mundo en donde el perpetrador siempre niega la verdad; la importancia de las medidas y planes de seguridad porque en este mundo alzar la voz para pedir justicia es un riesgo; la importancia de la organización y la denuncia frente a la división y silencio a los que nos quiere someter el Estado. Con todo lo que fuimos aprendido participamos en el movimiento social: vino la organización de huelgas de hambre, de lucha por una ley de amnistía, de documentación de los casos de presos por motivos políticos en México. La realidad nos mostró que algunas de nuestras herramientas debían perfeccionarse, desarrollarse más o mantenerse.

Con el paso del tiempo, otras organizaciones nos pedían una plática, una asesoría, una opinión. Nos planteaban sus propios casos de represión y problemas, y esperaban que nosotros compartiéramos un poco del nuestro. Para nosotros era fundamental, no sólo aprender de lo que otros nos compartían, sino desarrollar la capacidad de poder compartir lo que habíamos aprendido y de poder transmitir las reflexiones y comprensiones que habíamos ido construyendo en nuestro largo camino de una manera breve y sencilla, útil para la realidad que ellos mismos enfrentaban. Se trataba pues de desarrollar la capacidad de transmitir la visión y la concepción de los derechos humanos como una herramienta que el pueblo organizado ha venido construyendo y desarrollando a través de sus experiencias de lucha. Con el paso del tiempo, esas pláticas fueron tomando forma. Hicimos un ejercicio de sistematización, les agregamos ejercicios y de esta forma comenzaron a nacer los talleres que ahora tenemos.

La salida de Héctor y Antonio, quienes cumplieron su injusta condena nos planteó la obligatoria pregunta de qué queríamos hacer ahora. Los integrantes de la organización decidimos seguir existiendo y trabajando en tanto que las razones de fondo que habían permitido el encarcelamiento injusto de nuestros amigos y familiares seguían existiendo, en tanto que la injusticia seguía ocurriendo y en tanto que el trabajo que realizábamos ya no se centraba tan sólo en el caso que nos había dado origen. Fue entonces cuando, por una cuestión organizativa, se construyeron áreas de trabajo dentro del propio Comité Cerezo México.

2009 y 2010 fueron años sumamente complejos, la política de guerra contra el pueblo (disfrazada con el nombre de guerra contra el narcotráfico) recorría México y abría heridas por todos lados, la militarización cubría al país con el manto del temor. Con el objetivo de profundizar la política de arrebato de los derechos humanos más indispensables para la vida digna, se amenazaba e intentaba desarticular todo intento organizativo en el país. Nunca hemos dado tantos talleres de seguridad como en esos dos años: salimos a varios estados de la república, participamos en varios esfuerzos de educación de organizaciones de derechos humanos e incluso dimos talleres en plazas públicas y frente a grupos amplísimos… sin embargo las cifras de la represión seguían aumentando: era evidente que nunca nos podríamos dar a vasto, la realidad exigía más gente capacitada para poder compartir los talleres.

A mediados de 2010 pensamos hacer un proyecto de formación en el que unas diez personas pudieran aprender a dar los talleres que el Comité Cerezo había diseñado. En septiembre de ese mismo año dimos inicio al proyecto que consistió en darles, nosotros mismos, los talleres a otras diez personas tratando de explicar algunos aspectos más de por qué los dábamos así, cuáles eran los objetivos y la importancia de los ejercicios. Después de ese diciembre de 2010, esos primeros compañeros nos acompañaron y apoyaron en el trabajo de la impartición de los talleres.

Ese primer ejercicio ha quedado muy lejos y distante de lo que ahora es la Escuela de Educadores Populares del Comité Cerezo, porque nosotros mismos aprendimos de este proceso y lo hemos ido mejorando en la medida de nuestras posibilidades. No obstante la primera escuela para formar talleristas nos sometió a muy interesantes reflexiones, nos mostró, también, algunos graves errores y deficiencias: no era nada facil: ¿Cómo se enseña a enseñar? Gracias a este primer ejercicio nos percatamos de que los talleres no sólo dependían del conocimiento técnico, profundo y actualizado de los derechos humanos, sino que para que el taller funcionara era necesario tener un amplio conocimiento del contexto actual, de las opciones organizativas del movimiento social, de la historia de México, de la postura siempre a favor de la vida digna y la justicia ¿cómo enseñar ese otro componente? La respuesta a esas preguntas nos llevó a dar el salto: de plantear una escuela de formación de talleristas, pasamos a una de formación de educadores populares, lo cual implicó un proceso de formación mucho más profundo en nosotros mismos. Esto nos obligó a desarrollar capacidades y cualidades que no necesariamente teníamos ni habíamos aprendido antes. Al intentar resolver estas cuestiones hemos cometido errores y aciertos, y seguimos en un esfuerzo profundo para mejorar este proyecto, ese reto ha mejorado no sólo a las personas que trabajan en la organización, sino que ha mejorado, incluso nuestros métodos y formas de trabajo.

Ya para la segunda y tercera escuela pudimos detectar que existe otro componente imprescindible en todo taller y que es casi invisible pese a su gran importancia: es el componente de la posición que se tiene frente a la defensa de los derechos humanos como un proyecto de vida, frente a la apuesta por la organización… es la forma y la actitud con la que asumimos el trabajo. Los talleres son, al mismo tiempo, herramientas que pueden forjarnos a nosotros mismos pues es en el trabajo en donde aprendemos otros principios y formas más adecuadas que las que nos han enseñado tradicionalmente. A la luz de estas ideas el método cambio drásticamente, se trataba de que los que estaban formándose dieran los talleres dentro de la escuela, por lo que se incorporó a la metodología el ejercicio constante de exposición de quienes se estaban formado para dar los talleres.

Ya para la cuarta escuela, la metodología se consolidó muchísimo más, los participantes tienen que diseñar, organizar e impartir un taller ellos solos como ejercicio final, tienen que construir un material con los conocimientos adquiridos y se ha vuelto una tradición que se les convoque a ejercicios prácticos reales durante el tiempo de su formación (como el monitoreo de marchas o la documentación de casos de presos con los familiares).

Es importante destacar que no todos los talleres que hoy impartimos existieron desde un principio, porque varios de los talleres con los que hoy contamos se crearon por las necesidades que detectábamos al participar en el movimiento social, ejemplo de ello es el taller de Memoria, Verdad y Justicia, que surge en el mismo contexto que el movimiento No más sangre, o el taller de diagnóstico de la realidad que surge por la necesidad de poder comprender la realidad en México a raíz de la implementación de la guerra contra el narcotráfico, que no era sino una guerra contra el pueblo.

Hoy, aunque sabemos que hay muchas cosas que pueden mejorarse estamos verdaderamente orgullosos de este proyecto y esperamos no fallar en nuestro compromiso de mantenerlo actualizado dependiendo de las necesidades que la misma lucha social nos impone como defensores de derechos humanos. A cinco años de andar este camino entendemos que ni cuatro meses, ni un año bastan para conformar un proceso de educación popular, pero también creemos que la experiencia nos ha acercado más a esa metodología.

La experiencia de la lucha de los pueblos nos ha mostrado que la organización para acompañar al pueblo organizado por medio de los derechos humanos no ocurre de manera espontánea ni se adquiere si no hay un proceso de transmisión. Todo proceso de trabajo colectivo como parte del pueblo organizado se enfrenta a los sentidos comunes e imagiarios y valores que el capitalismo reproduce. Para fortalecer al pueblo organizado con la herramienta de los derechos humanos y acompañarlos en la lucha por vida digna debemos ser capaces de detonar procesos que no sólo nos permitan adquirir conocimientos teóricos o técnicos, sino que eduquen la personalidad por medio del propio trabajo, para que sea en ese mismo trabajo en el que construyamos principios de organización y solidaridad. La importancia de la transformación social va acompañada de la importancia de la metodología por medio de la cual transmitimos el conocimiento y la experiencia acumulada no como un conocimiento hueco, sino como una herramienta práctica capaz de ponserse al servicio de los retos y necesidad de la realidad cotidiana.

En medio del terror y el dolor, de la desesperanza y el miedo, de la muerte y el despojo al que intenta someternos la política sistemática de violaciones a los derechos humanos, los procesos de formación de educación popular son importantes.

Un educador popular necesariamente se encuentra vinculado a las acciones organizativas que los defensores de derechos humanos y las organizaciones sociales, populares y de masas están viviendo. Un educador popular no puede ser neutral, por el contrario ha tomado una posición a favor de los procesos organizativos del pueblo y por ello la impartición de talleres es tan sólo un medio a través del cual el educador se vuelve un catalizador que busca formar organizaciones e individuos que generen prácticas transformadoras para construir una sociedad diferente.

Por eso mismo el educador popular es capaz de reconocer las necesidades de las organizaciones sociales y de ofrecer alternativas que nutran estos procesos organizativos, que fomenten las prácticas creadoras, que organicen en torno a tareas específicas.

El contexto de criminalización y ataque en contra de los defensores de derechos humanos o luchadores sociales por el que atravesamos actualmente nos muestra que no basta con personas que sean capaces de repetir y conocer un tema: necesitamos organizadores, necesitamos educadores populares.

La escuela de Educadores Populares del Comité Cerezo es apenas un pequeño paso ante esta necesidad del pueblo organizado. Estamos felices de haber mantenido ese paso por cinco años y esperamos que dure mucho tiempo más.

Por la vida digna y porque el anhelo de libertad de los pueblos no se doblegue ante el terror.

Comité Cerezo México

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