La cotidianidad de la violencia; la cárcel como geometría enajenada. Héctor Cerezo Contreras, 1 de enero de 2003

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“Lo terrible no es lo qué imaginamos como tal: está siempre, en lo más sencillo, en lo que tenemos más al alcance de la mano y en lo qué vivimos con mayor angustia y que viene a ser incomunicable por dos razones; una, cierto pudor del sufrimiento para expresarse; otra, la inverosimilitud: que no sabremos demostrar aquello que sea espantosamente cierto.

José Revueltas en Los muros de agua

En el Prólogo que escribió José Revueltas para la segunda edición de Los muros de agua, nos dice que, las Islas Marías eran un poco más terribles que como las describió en su novela. El problema para quien escribe, comenta Revueltas, es que “la realidad literalmente tomada no es siempre verosímil, o peor, casi nunca es verosímil. (Revueltas, 10) y esto es, porque “la realidad siempre resulta un poco más fantástica que la literatura” (Revueltas, 10). En las Islas Marías, Revueltas fue testigo y también parte de una realidad, qué tiempo después, al escribirla, resultó para los demás (ajenos a esa realidad) inverosímil, poco creíble. ¡Cómo demostrar aquello que es horriblemente o espantosamente cierto? ¡Cómo y de qué manera explicarlo? La dificultad se expresa o se manifiesta cuando descubrimos qué, es en lo cotidiano donde se encuentra aquello que nos produce horror, miedo, angustia, preocupación, locura...

La cotidianidad se vuelve así, la llave para comprender el grado de enajenación y cosificación de los hombres.

En este texto voy a tratar de expresar una realidad que para muchos es inexistente o cuando es conocida resulta poco creíble o inverosímil. La realidad a la que me refiero es la de la cárcel de alta seguridad de La Palma: la geometría enajenada por excelencia.

La cárcel desde su origen también ha servido para quienes detentan el poder como una cárcel política. Su propia existencia representa una amenaza para quienes son considerados como adversarios políticos, religiosos o filosóficos, y no sólo para los que delinquen por otros motivos.

Es muy común escuchar decir que la cárcel es el reflejo de la sociedad, lo cual en parte es cierto, pero más que un reflejo es la medida que nos deja ver el grado de humanidad e inhumanidad a la que a llegado la sociedad.

La cárcel es producto y forma parte de una realidad social basada en la desigualdad económica y política. Una realidad opresiva, violenta. La cárcel se constituye o es constituida como violencia en sí misma y como tal constituye también un espacio violento que da lugar a relaciones violentas y a una existencia violenta. Un lugar donde la cotidianidad se manifiesta, se da con base en la violencia, a su vez que la violencia se expresa con toda su crudeza en lo cotidiano. En esos días apáticos, rutinarios e inimaginativos.

En la cárcel, la cotidianidad se vuelve el obstáculo, el enemigo a vencer del sujeto activo, pensante, para el sujeto que es obligado a vivir bajo una cotidianidad que le es ajena, extraña, que lo destruye sistemáticamente, que lo denigra a un sujeto acrítico, robotizado, manipulable.

La cárcel es un espacio físico, un tipo específico de arquitectura, construido por muros y rejas, separado de la sociedad. Pero como toda construcción arquitectónica tiene una función, una finalidad, la cárcel está hecha para cosificar y enajenar en su máxima expresión a los hombres (convertirlos en números) y para poder cumplir con tal función, su propia estructura tiene que ser enajenante. La cárcel no está construida para ser apreciada estéticamente aunque se pueda hacerlo, está construida para destruir físicamente y mentalmente a los hombres. El espacio enajenado qué es la cárcel no sólo limita la libertad física, del ir y venir, del hacer y deshacer, también limita la libertad de pensamiento, la libertad de soñar, de imaginar, de crear y de construir, de comunicar, incluso la libertad de desarrollar los sentidos.

El espacio es sumamente enajenante, las relaciones son enajenadas, la locura capitalista en su máxima expresión: el yo mando, tu obedeces, el yo sé, tu no sabes, el yo soy grande, tu eres chico, el yo soy persona, tu eres una cosa o en el mejor de los casos u animal parlante (como los esclavos de la antigüedad). El preso vive subsumido dentro de una cotidianidad de la cual es parte y a su vez alimento. Una cotidianidad dada, impuesta, que se retroalimenta a sí misma. El preso puede inconformarse, incluso rebelarse contra esa cotidianidad violenta, pero no llega a superarla. No, mientras permanezca preso.

La cotidianidad es rutina que se repite una y otra vez, es un horario inflexible; un cuándo, cuánto, dónde y con quién o quiénes comer, dormir, bañarse, leer, caminar, pensar, vivir. La principal violencia en esta cárcel no son los golpes o la tortura física, la principal violencia es psicológica. Violencia cotidiana, de día y de noche, siempre presente, siempre sentible. La cotidianidad de la violencia en un espacio físico construido precisamente con ese fin produce relaciones violentas casi de manera automática. La readaptación es un mito, la cárcel no está construida para ello, tampoco es su finalidad, a cárcel es para castigar y el pero castigo es tratar a los hombres como cosas. Como entes sin voluntad propia, sin capacidad de ser ellos mismos. El preso es sacado de una cotidianidad de violencia social para ser introducido a otra cotidianidad violenta, socialmente muy reducida y por tanto más asfixiante y opresiva.

La cárcel animaliza a los hombres, degrada sus sentidos a nivel simiesco; la vista, el oído, el tacto , el gusto, el olfato se ven reducidos a una variedad infinitamente inferior de la que alguna vez experimentaron, la inactividad de los sentidos instala al hombre en la penuria más extrema y “por lo mismo a su vez afirma, la voraz y hambrienta posesión” (Revueltas, 10). Una revista, un periódico, la televisión de 6 pulgadas,, las mercancías de la tienda son guardados y cuidados con celo. Mantener vivos los sentidos es un privilegio, un lujo que cuesta y qué se defiende con violencia.

La violencia es alimentada por el espacio enajenado, por la cotidianidad opresiva y por las relaciones autodestructivas, deshumanizadoras de quienes están dentro. El fin último de la cárcel es quitar o anular en el sujeto la capacidad de pensar y actuar por sí mismo de una manera consiente y voluntaria. La capacidad y posibilidad de ser. El hombre que se niega a sí mismo y que no se reconoce como tal, como igual a los demás hombres. El anti-hombre, la antítesis de lo humanos.

La ruptura de la cotidianidad violenta, enajenada, es para el preso imposible, la mayoría tarde o temprano se adapta, se conforma, se vuelve parte y soporte de esa misma cotidianidad. Nadie se salva, los que resisten sólo logran aminorar y retrasar su cosificación. Pero en ese resistir, en esa lucha diaria, cotidiana (como cotidianidad que se afirma negando otra cotidianidad) está el secreto para una vez en libertad, recuperar la humanidad, nuestra humanidad.

La cárcel es una realidad espantosamente cierta, objetiva, real, pero desgraciadamente poco creíble y poco cuestionada.

Es más fácil y más cómodo negarse a ver o a saber de una realidad que nos cuestiona como humanidad. Pero, aunque cerremos los ojos, no por ello deja de existir. La cárcel como ese espacio opresivo, violento, enajenante, se mantiene como un monumento viviente del grado de descomposición a la qué como humanidad hemos llegado.

REVUELTAS, José. Los muros de agua. Era, México, 1997.

La Palma de Concreto

01 de enero de 2003.

Héctor Cerezo Contreras

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