Enajenación y fetichización (sin fecha) Antonio Cerezo Contreras

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ENAJENACIÓN Y FETICHIZACIÓN

INTRODUCCIÓN.

Una de las intenciones del presente trabajo es expresar brevemente las similitudes y diferencias entre enajenación y fetichización. Otra es hacer el esfuerzo de sistematizar lo estudiado, de plasmar lo que se ha entendido, el cómo se ha entendido y con ello también ejercitar nuestra escritura: ortografía y redacción.

El interés por el tema de la enajenación y el fetichismo es el interés de cómo lograr la desenajenación social, cómo abandonar y liberarnos de los fetiches mercancía, dinero y capital que gobiernan la voluntad humana y nos levan a la destrucción de la naturaleza y a la autodestrucción del hombre, a su deshumanización, a su degradación.

Si bien es cierto, la expresión en la conciencia de los fenómenos mencionados con anterioridad tienen por solución el establecimiento de nuevas formas de relaciones humanas para producir y para convivir, es cierto también que pueden comenzar a destruirse ambos fenómenos y su expresión desde el momento en que los hombres toman conciencia de su enajenación y la fetichización de la mercancía, el dinero y el capital.

SIMILITUDES Y DIFERENCIAS ENTRE ENAJENACIÓN Y FETICHIZACIÓN.

Comenzaremos por expresar las similitudes de estos dos fenómenos: Ambos fenómenos son exclusivos, su origen y desarrollo se encuentran en las relaciones que los hombres establecen para producir sus medios de subsistencia y sólo la transformación de estas relaciones harán posible su superación.

Sin embargo, es necesario mencionar que ninguno de los dos fenómenos son intrínsecos al hombre ni a la sociedad humana, es decir, su manifestación necesitó de que el hombre creara ciertas condiciones materiales (propiedad privada y división social del trabajo en material e intelectual) y un cierto desarrollo de la conciencia -conciencia capaz de pensarse a sí misma desligada de las condiciones materiales de existencia del hombre-. En consecuencia la desaparición de las condiciones materiales y subjetivas que originan y desarrollan la enajenación y la fetichización significan su superación.

Otra característica común en ambos fenómenos es que las condiciones materiales en que el hombre produce y las relaciones sociales de producción basadas en la propiedad privada y la división social del trabajo se manifiestan en la conciencia humana como actitud de extrañamiento y desrealización del hombre respecto al trabajo, el producto de su trabajo, los otros hombres, la actividad social humana y los productos de ésta.

El extrañamiento o no objetivación del hombre y la desrealización del mismo son componentes fundamentales de los fenómenos que hablamos, pero existen otros: el ocultamiento y la creación de un poder ajeno al hombre.

El hombre que enajena, enajenado y que fetichiza se oculta a sí mismo que el es creador, ya sea como individuo o como parte de la humanidad que se relaciona para producir o desarrollar otras actividades, que todo lo que existe ha sido creado por él o humanizado por él. Esto quiere decir que el hombre ha dado a lo que le rodea características humanas en tanto que lo crea o lo utiliza para satisfacer necesidades materiales o intelectuales, subjetivas. El hombre se oculta a sí mismo su capacidad creadora de productos y de las relaciones que crean esos productos como mercancías; además de ocultarse que el es el origen de la enajenación y de una forma específica de relacionarse para producir, que fetichiza a la mercancía.

Ahora hablaremos de la creación de un poder ajeno al hombre que lo gobierna y lo somete. Este poder independiente del hombre existe en realidad, puede ser el trabajo, el producto del trabajo, la mercancía, es Estado, la Religión, y es independiente y ajeno al hombre porque éste no lo percibe como creación del hombre o sus relaciones de producción o su actividad social.

En realidad todo poder independiente del hombre excepto el de la naturaleza no controlada por él adquiere una independencia que se convierte en dominio sobre el hombre a consecuencia de que la conciencia del hombre la disocia de sí mismo como su creación.

Hasta aquí pareciera que hablar de enajenación y fetichización es casi lo mismo, pues sólo hemos hablado de sus características comunes, sin embargo, aunque comparten características hay otras que las diferencian. Son éstas las que a continuación abordaremos.

Cuando Marx habla de fetichización no habla del fenómeno general de convertir en fetiches seres inanimados, Marx habla de la fetichización de un producto peculiar de la actividad productiva de los hombres, la mercancía; habla acerca de que la mercancía se le presenta a los hombres como producto ajeno e independiente de ellos, extraño, que cobra vida propia y controla la existencia humana, además de ocultarle que como mercancía es producto de relaciones sociales que el hombre establece para producir.

Vemos que el ámbito en el cual se da la fetichización es el ámbito de la prducción de mercancías al fetichizarse éstas.
He aquí la principal diferencia entre la fetichización y la enajenación: para que la enajenación se manifieste no es necesario que el hombre produzca únicamente mercancías. Por ejemplo, el esclavo al servicio de cualquier esclavista trabajaba y producía productos, unos para el consumo de su dueño y, tal vez, el suyo; otros para el intercambio (mercancía), pero eso en realidad no importaba al esclavo , pues éste de cualquier forma no se reconocía, no se objetivaba en los productos resultado de su actividad, le eran, los productos que producía ajenos, extraños y lo gobernaban en tanto que su producción era (incluso, no a veces) garantía de su existencia física independientemente del fin de sus productos.

Bien dice Marx que es hasta que la producción de mercancías ha alcanzado un alto grado de generalización, es decir, cuando casi la totalidad de lo que se produce es mercancía, que éstas cobran “vida propia” antes no, pues no son todavía el fin fundamental de la actividad productiva de los hombres. Por tanto, el fenómeno de la fetichización de la mercancía sólo se puede expresar en el Capitalismo, sistema económico y social en el cual el principal objetivo de la actividad productiva es la producción de mercancías.

En cambio para la aparición del fenómeno de la enajenación no es indispensable que el hombre únicamente produzca mercancías, basta con que no se reconozca, no se objetive en el producto de su trabajo, aunque éste no esté destinado al cambio por otros.

Otra diferencia importante entre ambos fenómenos la encontramos al analizar qué nos oculta cada uno de ellos.
Cuando los hombres crean un producto y están enajenados no logran reconocerse en el producto, esto quiere decir que no logran comprender que el producto de su trabajo es creación humana, no sólo del hombre humano individual, sino de un conjunto de hombres.

Así pues, la objetivación del hombre en su producto se convierte en enajenación, en extrañamiento y desrealización del hombre.

Ahora bien, cuando los hombres crean mercancías se les oculta fundamentalmente que esos productos del trabajo humanos son creados por específicas relaciones sociales de producción. El trabajador es incapaz de comprender que es el modo en que se relaciona para producir, el que convierte todo lo que produce en mercancía y lo fetichiza, le otorga vida independiente de él a la misma y lo convierte en su conciencia, en un poder que lo domina y somete.

En la enajenación se oculta el hombre a sí mismo que el producto creado por él es creación humana.
La fetichización de la mercancía oculta al hombre que la mercancía es producto de específicas relaciones sociales de producción.

El primer fenómeno se refiere a las cualidades humanas que adquieren los productos creados por los hombres, sean o no mercancías. El segundo, se refiere a las relaciones sociales que originan la producción de mercancías.

Pero hay que remarcar un aspecto importante, la fetichización no excluye que el hombre no se reconozca en la mercancía, es decir, no excluye la enajenación del hombre respecto del trabajo humano, pero veíamos que va más allá, no se detiene ahí, sino que se extiende a ocultar las relaciones sociales que originan el producto y esta es su especificidad que la diferencia de la enajenación, y que lo hacen un concepto cualitativamente superior al de enajenación.

Es necesario señalar, antes de pasar a analizar la relación entre la fetichización y la enajenación respecto al trabajo, que el producto del trabajo humano (la mercancía) que se fetichiza es un objeto material que tiene características de peso, forma, volumen, color, etc. Con esto queremos señalar que para que exista la fetichización y enajenación respecto al producto del trabajo humano es necesario que éste se exprese en forma material.

La materialidad de la mercancía es la condición de su existencia, como tal no existe mercancía sin forma material. Incluso las ideas que se venden sólo se venden y se compran a condición de que se expresen en una forma material concreta.
¿Qué sucede entonces con la actividad que produce las mercancías o los productos con los cuales los hombres satisfacen sus necesidades? Ya vimos anteriormente que el trabajo es para Engels y Marx la actividad vital del hombre y que éste la desarrolla originalmente de manera conciente y voluntaria, el trabajo es actividad por medio de la cual el hombre humaniza la naturaleza exterior a él, y así mismo, el trabajo es medio de objetivación, actividad a través de la cual el hombre se reconoce a sí mismo como ser humano creador, transformador, gracias a la cual el hombre construye para sí un mundo material y construye y desarrolla su conciencia. Además, claro está, de ser el trabajo autoridad fundamental por medio del cual el hombre garantiza la producción de productos que preservan su existencia física.

Pero también vimos que el trabajo creador como medio objetivador del hombre, se enajena. Al aparecer la propiedad privada y la división social del trabajo (material e intelectual), el trabajo deja de ser actividad conciente y voluntaria para convertirse en actividad forzada, impuesta de unos hombres a otros, como consecuencia, el trabajador deja de objetivarse en su actividad y sólo le queda a través de ella deshumanizarse.

El trabajo pasa a ser castigo divino o humano, pero castigo que le arranca al hombre su salud física, reduce su espiritualidad y lo esclaviza.

El trabajo se transforma en un poder ajeno al hombre, un poder que lo somete, actividad además en la que el ser humano lejos de objetivarse pierde su condición humana.

Es importante apuntar también que la enajenación del hombre respecto al trabajo no es sólo respecto al trabajo que desarrolla individualmente, también lo es respecto al trabajo que se desarrolla socialmente y, por tanto, respecto a la capacidad de trabajo social que se manifiesta en la enajenación de los hombres respecto a las fuerzas productivas al no comprender que éstas son su creación, no reconocerse en ellas y estar sometidos por ellas.

En el modo de producción capitalista el trabajo enajenado es la actividad que crea mercancías, que produce el objeto material que se fetichiza, sin embargo el trabajo enajenado en tanto actividad no se fetichiza como tal. En otras palabras, lo que se fetichiza es el resultado material del trabajo, no así el trabajo ya de por sí enajenado.

¿Por qué el trabajo enajenado no se fetichiza? Porque el trabajo enajenado en sí no es una mercancía de origen de un producto y se materializa en él y en éste se fetichiza, pero no como actividad, sino como objeto material y como fuerza de trabajo plasmada en ese objeto.

Afirmamos lo anterior porque en el Capitalismo el trabajo no es mercancía. La fuerza de trabajo del hombre, se convierte en una mercancía muy especial teniendo como característica fundamental la capacidad de producir otras mercancías o en otras palabras la capacidad física (muscular e intelectual) del hombre para crear mercancías.

La actividad del hombre, trabajo, se enajena.

Se fetichizxa la fuerza de trabajo humana al convertirse en mercancía y plasmarse necesariamente en otra mercancía creada por ella, cuya materialidad es comprobación de su existencia.

La fuerza de trabajo en el ser corpóreo del hombre y que se expresa en su actividad, en el intercambio de esta fuerza de trabnajo por un salario u otras mercancías, al igual que las otras mercancías le ocultan al sentido común humano que es producto también de las relaciones sociales de producción, es decir, que son estas últimas las que convierten a la fuerza productiva del hombre en mercancía y, por tanto, la fetichizan. La manifestación de la fuerza productiva como mercancía es que ésta se separa del hombre como totalidad: el ser humano importa y es tomado en cuenta sólo en tanto pueda ser apto para el trabajo, como obrero, albañil, herrero, maestro, médico, oficinista, entre otros; y no como ser creador de arte, que se enferma, que tiene sentimientos. Lo que importa en el Capitalismo es que sea productivo, lo demás no importa, o sólo importa cuando afecta la productividad, sin embargo a ningún empresario le interesa resolver a sus trabajadores problemas que afecten la productividad, pues hay miles esperando y compitiendo por el puesto que se desocupe.

Hemos expuesto que la mercancía es resultado de relaciones sociales capitalistas de producción y que su carácter fetichizado es dado por el hombre, siendo este caráctyer además una característica intrínseca a ésta. Cabría aquí hacernos las siguientes preguntas: ¿Qué sucede con los productos de otras actividades sociales, de otras relaciones sociales que no son las de producción, aunque estén determinadas por éstas? ¿También se fetichizan? La enajenación se manifiesta en otras actividades sociales siempre y cuando se basen en la propiedad privada y la división social del trabajo, de tral manera que sus productos también se enajenan, es decir, se separan del hombre y se convierten en un poder ajeno a él. El hombre es incapaz de percibir su producto como resultado de su actividad social, de las relaciones sociales que los hombres establecen entre sí.

Así pues, el Estado, la Religión, la Ideología, la Moral productos todos ellos de las relaciones sociales humanas son en el Capitalismo productos enajenados del hombre y que además se encargan de reproducir la enajenación. El hombre mismo crea los instrumentos, las ideas, las relaciones que lo autoenajenan. Crea un poder ajeno a él sometiéndolo de una forma sutil o descarada y que controla su existencia.

El hombre se ve sometido por el Estado, la Ideología dominante, la Moral, la Religión y se le presentan a lo largo de su vida o en algunos momentos de ésta como hostiles, como tiranos que le roban su libertad sin comprender que el origen de esto es el mismo hombre, la forma en que se relaciona con otros hombres, y que en él está la posibilidad de transformación.

Al hombre enajenado se le imponen circunstancias y en lugar de crear nuevas circunstancias o transformar las que le toca vivir se somete a las circunstancias que se le imponen y sólo es feliz cuando huye de ellas por cualquier medio, incluido el atentar contra su integridad física y psicológica.
Desde nuestro punto de vista estos productos o resultados de actividades y relaciones humanas que no son las de producción no se pueden fetichizar, en primer lugar porque no son productos materiales, esto quiere decir que no tienen volumen, masa, color, forma, aunque sus representaciones adquieran formas materiales: edificios, banderas, imágenes religiosas, códigos penales, escritos políticos o filosóficos, iconos etc., en segundo lugar no son mercancías ni el Estado, la Ideología o la Religión, aunque su representación material pueda serlo y nos vendan imágenes religiosas, libros, banderas, etc.

Hay un punto importante a resaltar, se pueden fetichizar algunas de las representaciones materiales de los productos de la actividad social enajenada, pero no los productos que no son materiales.

Es necesario decir que el hombre también puede ser representación material del Estado como Juez, Diputado, Presidente, Militar; de la Ideología como filósofo, politólogo; de la Moral como cura, madre, maestro. Sin embargo, el hombre como representación material como un producto de la actividad humana, que no es la producción de mercancías no se fetichiza. Pero su separación de los otros hombres se expresa en la enajenación de los hombres que nos son representación material respecto a ellos.

El cura no es Hombre, es cura o bien, antes que Hombre es representante de una institución, de una iglesia, es “la representación de Dios en la tierra”. El soldado, el juez, el politólogo, el diputado pierden ante los otros hombres su condición de seres humanos y representan poderes apenas al común de los hombres, poderes que los someten o contribuyen a su sometimiento de forma descarada y violenta, como en el caso del militar y representantes del poder judicial o sutil en el caso del filósofo, historiador, maestro. La enajenación respecto a estos hombres se manifiesta en el no reconocimiento como representantes de un producto de la actividad social humana y como parte de la humanidad a la que todos pertenecemos; sino como representantes de un poder ajeno a los hombres, hostil en la mayoría de los casos.
La actividad del hombre enajenado respecto a ellos puede ser de sometimiento, rechazo o indiferencia.

Para concluir enfatizaremos que el hombre enajenado no es conciente de su enajenación y, por tanto, a él se le presenta ésta de manera general respecto a los productos de la actividad social y sus representantes materiales, en particular la forma natural, común, normal de percibir y entender su entorno.

A nuestro entender el límite del concepto fetichización y el ámbito en el cual se da el fenómeno, es la producción de mercancías y no se manifiesta en otros productos de la actividad social humana ligados indirectamente a la producción, aunque si en las representaciones materiales de estos productos -excepto el hombre- en tanto que son objetos materiales concretos y mercancías.

El fenómeno de la enajenación manifiesto en el trabajo humano y el concepto señalan la manifestación en la conciencia del hombre, su separación del mismo respecto al producto producido, sea o no mercancía, respecto a su actividad, al otro hombre, pero no explica el concepto ni manifiesta el fenómeno que la mercancía para llegar a ser tal y fetichizarse debe ser producto de relaciones sociales de producción capitalistas, o de específicas relaciones sociales de producción.

De lo expuesto en el presente trabajo podemos concluir que el fenómeno del fetichismo de la mercancía es un fenómeno que surge en la historia humana con posterioridad al de la enajenación, ya que el hombre tuvo que desarrollar de tal manera sus fuerzas productivas para poder establecer relaciones sociales de producción que dieron como resultado la producción de mercancías y no de otro tipo de productos. En este sentido para quien esto escribe el fenómeno de la enajenación del trabajo humano, de las actividades sociales y sus productos de la conciencia fueron condición indispensable para el surgimiento del modo de producción capitalista y con él del fenómeno del fetichismo de la mercancía.

Antonio Cerezo Contreras.

Estudiante de la Facultad de Filosofía y letras de la UNAM y preso de Conciencia desde el 13 de agosto de 2001 en el penal de alta seguridad de la palma (ahora se encuentra preso en el penal de alta seguridad de Matamoros)

Bibliografía:

1. Marx, C., Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Ed. Progreso.

2. Marx, C. y Engels, F., La ideología alemana, Ed. Progreso

3. Marx, C., El capital: Primera sección, Ed. Progreso.

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